Memorias del amazonas: la vida en la selva con Rambo

Memorias del amazonas: la vida en la selva con Rambo

Memorias del amazonas: la vida en la selva con Rambo

18 de octubre de 2016

Mi primera noche

Hubo una temporada que necesitaba  para dormir sonidos de la naturaleza, donde se escuchaban sapos, monos y demás ruidos nocturnos, no duró esa costumbre más de dos semanas. Pues mi primera noche en el Amazonas me trasladó a una de esas noches, solo que en esta ocasión los sonidos no procedían del teléfono móvil. La noche transcurrió sorprendentemente bien, en la red se duerme de manera muy cómoda y conmigo me acompañaba la linterna, una botellica de agua, la cámara y el móvil, además, la mosquitera hizo su función y ningún chupóptero consiguió invadir mi espacio, estaba como en cuarentena rodeado de mi mosquitera amarilla, aunque algún que otro insecto minúsculo la traspasaba cuando encendía mi bolígrafo – linterna mientras escribía en mi diario, este bolígrafo fue un gran descubrimiento.

Miré a mi izquierda y ahí estaba María Teresa, aunque ella lo niegue, estaba roncando, por lo que durmió mejor de lo que esperaba y a mi derecha se encontraba Flavio, que durmió abrazado a la mosquitera, por lo visto pasó algo de frío, mientras que nosotros no lo tuvimos, yo aproveché la manta como almohada.

Serían las 7:00 am cuando Flavio se despertó finalmente y se fue a hacer un nuevo fuego, hacía casi dos horas que había salido el sol y no penetraba prácticamente un haz de luz al campamento. Hoy tocaba para desayunar huevos duros, pan de molde con margarina y café.

— ¿Has escuchado el árbol que ha caído esta noche? — me preguntó Flavio.

— ¡No!, he dormido del tirón hasta ahora. — le contesté.

— Pues recé para que no cayese encima nuestra porque lo escuché muy cerca. — me replicó sonriendo.

La naturaleza es sabia

Comenzamos una trilha (son caminos de difícil acceso) por la selva, salimos del campamento con nuestras mochilas y Flavio portando como único utensilio su largo machete, con el que nos abría paso por la floresta, no existía sendero alguno, sino pura y salvaje selva, el pulmón del mundo en estado puro. Tenía que tener cuidado por donde pisaba, habían lugares con algo de lodo por la lluvia de ayer, teníamos que atravesar árboles enormes que cayeron derrotados por la naturaleza debido a torrenciales, enfermedades o termitas, otros estaban llenos de espinas que te dejaban un buen recuerdo de tu paso por Amazonas y no podía olvidarme de las telarañas que formaban parte de mi cara de vez en cuando.

Una panorámica de lo que es Amazonas

Una panorámica de lo que es Amazonas

— ¡Mira Antonio, este es el árbol que querías ver, la borracha! — me dijo María Teresa girándose hacia mi.

— Así es, este es el árbol del caucho. — a Flavio le cambió la cara mientras nos contaba todo el dolor que ha provocado el hombre blanco por culpa de la savia de este árbol. — este árbol es el causante del exterminio y esclavitud de muchas etnias del Amazonas, hubo un tiempo, no muy lejano, que tanto indígenas como hombres blancos traídos de todo el mundo estuvieron esclavizados trabajando como caucheros o seringueiros en plantaciones de caucho en todo el Amazonas. — Flavio empuñó bien su machete e hizo un corte leve en la corteza del gran tronco que tenía ante mi, de pronto emanó un liquido blanco que fue recorriendo lentamente el tronco. — ¿veis?, lo que hacían eran sangrar verticalmente el tronco con el machete y colocar en la parte de abajo un cuenco para que fuese llenando lentamente de savia, que es lo que conocéis como latex. — nos dijo mientras agachaba la cabeza como si estuviera viviendo ese momento en su cabeza.

— ¿Flavio, algún familiar tuyo estuvo trabajando como cauchero en aquella época? — le pregunté.

— Si, mi padre y mi abuelo, sobrevivieron pero estuvieron trabajando muy duro durante mucho tiempo para los cabrones de los patrones. Ellos nunca hacían incisiones en los árboles tan profundas, dañaron a la naturaleza lo menos posible. — me contestó Flavio mientras miraba el árbol que había perforado.

Durante el trayecto, nos fuimos encontrando algún que otro árbol cauchero y se marcaban largas incisiones de varios metros de largo en algunos ejemplares. Para mi fue muy estimulante estar viviendo ese momento después de haberme puesto en el pellejo de algún que otro seringueiro a través de historias increíbles de la época como: «Manaos» de Alberto Vázquez – Figueroa o «El río de la desolación» de Javier Reverte (invito a todo aquel que le interese lo más mínimo esta historia que lea cualquiera de estos dos libros).

Me encontraba feliz, estaba viviendo un sueño deseado desde niño, a veces me imaginaba de pequeño viendo en la tele con mi padre documentales del Amazonas en tv2 y veía este destino tan especial que pensé que nunca lo conocería. Estar aquí era como verme con 12 años y decirme al oído que nada es imposible si lo deseas y tienes la fortuna de reunir los factores que necesitas: tiempo, dinero y valor.

De vez en cuando, Flavio se detenía, nos mandaba callar y se ponía la mano en la oreja para que escuchásemos, eran monos cruzando de rama en rama y un pájaro carpintero alimentándose de un árbol al que parecía llamar a la puerta. Seguimos caminando mientras Flavio nos explicaba:

— Los indígenas tienen varios remedios para evitar las picaduras de mosquito, uno de ellos es a través de un tipo de hormiga que al restregarse por la piel, el ácido fórmico que produce ahuyenta a los mosquitos. Sólo hay que tener en cuenta una cosa, las hormigas al contacto con la piel no hacen nada, pero si se meten dentro de la ropa te pican. —

Minutos más tarde encontramos un hormiguero con la clase de hormigas que decía Flavio, estaban en el tronco de un tipo de palmera. Flavio iba en manga corta, así que puso su mano en el hormiguero y en un segundo su mano formaba parte de él, la aparto al instante, se froto las manos restregándose las hormigas ya inexistentes y me las dio para que los oliese.

— ¡Vaya! huele bien y todo, no me lo esperaba. — le dije sorprendido, olía a ambientador fuerte.

— ¿Quieres probar? — me preguntó Flavio.

— ¡Vale! — me lo pensé unos segundos pero me envalentoné.

— Pero arremángate la manga, sino te picarán en el brazo. — me aconsejó.

Puse mi mano en el hormiguero como lo hizo Flavio y repetí la misma operación, todo salió bien aparentemente, pero a los pocos segundos, note un par de picaduras en mi brazo y estomago, me levante la camiseta y allí estaban un par de ellas, todavía no se como demonios llegaron ahí.

— Mira Antonio, y este tipo de palmera son las que utilizan los indígenas para hacer las cerbatanas, la corteza es muy resistente pero por dentro es muy blando, hay incluso cerbatanas de dos metros que pueden llegar a las copas de los árboles para cazar pájaros. — nos explicaba mientras cortaba un trozo de palmera con su machete para enseñárnoslo.

En esos momentos sólo quería tener en mi poder una de esas cerbatanas — Flavio, que sepas que me harías muy feliz si me hicieras una de esas. — le supliqué frunciendo el ceño mientras juntaba las palmas de las manos.

— Bueno, los indígenas dejaban secar la cerbatana durante 3 meses para su perfecta utilización, pero como no tenemos ese tiempo, te la haré en unas horas. — me contestó.

— ¡Ah! pues yo también quiero una. — dijo María Teresa.

Acto seguido, Flavio cortó rápidamente un trozo de palmera de dos metros y me la dio para que la llevara, mas tarde partió otro tipo de palmera, esta más seca, para hacer los dardos y el porta dardos. La humedad era soportable, otra de mis sorpresas, tan rápido sudas como tan rápido te secas.

Vamos caminando en círculo dando la vuelta hacia nuestro pequeño campamento, mientras tanto me preguntaba como se orientaría Flavio, yo perdí el norte y el sur entre tanta floresta.

— Flavio, ¿cómo eres capaz de orientarte? — le pregunté.
— Por el sol. — me contestó mientras seguía caminando. Yo simplemente no contesté, me quedé igual.

IMG_4749 (Copy)Llegando al campamento Flavio se agachó ante un montículo de tierra donde había una pequeña cueva, cogió una rama considerablemente larga y la metió dentro de la cueva, en unos instantes salió a saludarnos la tarántula más grande que había visto en mi vida, vestía de color marrón y negro, era de grande como la palma de la mano de un niño, peluda y asustaba verla.

— ¡Coño Flavio! ¿es venenosa? — le pregunté excitado mientras grababa el momento arácnido.
— Para el ser humano no, pero si la tocas o se siente amenazada expulsa unos pelos que provocan una irritación en la piel que duele bastante. Se llama tarántula pájaro, por que es su plato preferido y su mayor enemigo es la avispa cazadora. – yo quise imaginarme a una avispa intentar transportar un bicho de estas características y no me daba la imaginación para tanto. ¡Qué sabia es la naturaleza!

Llegamos al campamento y recogemos nuestras pertenencias, tocaba regresar a La Posada para ducharnos, comer y descansar un poco, ya que por la tarde partiría con Rambo, sólo él y yo río Negro arriba en dirección a la selva. El bote de Flavio se había inundado un poco por las lluvias de anoche así que estuvo achicando un buen rato hasta quitar todo el agua del interior. El río estaba bravo, las olas movían el bote y lo desestabilizaba, a veces el agua entraba dentro del bote y Flavio volvió a achicar. De lejos, vimos como un crucero pasaba por delante nuestra y removía aún más la marea, era un barco de transporte de vehículos, motos, coches e incluso un camión portaba.

Flavio achicando la rabeta

Flavio achicando la rabeta

En La Posada nos esperaba Rambo, al vernos, junto las palmas de las manos y miró al cielo.

— ¡Estáis vivos! — nos gritó bromeando.

— ¡Por el momento sí! — contesté riéndome.

— ¡Estuve rezando por ustedes!. — continuaba el cachondeo.

— Pues nos cayeron dos tormentas muy interesantes. —

— Y eso que fueron dos, yo recé para que fueran cinco. — Rambo se reía a carcajadas.

En La Posada no estábamos solos, había en la zona de la piscina y hamacas dos parejas, una joven y suiza y la otra veterana y canadiense. Yo aproveché para lavar la ropa y darme un chapuzón, mientras que María Teresa optó por descansar en su habitación. En unos minutos la comida ya estaba hecha: arroz, huevos fritos y un tipo de pescado llamado tucunaré (para los entendidos, en castellano es conocido como pavón).

La vida en la selva con Rambo

Las 15:00 horas, el sol en su punto más álgido y por suerte el bote de Rambo tiene un buen toldo y buen sombraje. Fueron más de 3 horas de viaje río arriba por el Negro a pleno sol y con el característico ruido ensordecedor del motor de la rabeta, 3 horas rodeado de una inmensidad de agua increíble, la última vez que estuve en un río tan extenso que parecía un mar fue en el río de La Plata, entre Argentina y Uruguay, y rodeado además, de una vegetación tropical exuberante, te das cuenta de lo insignificante que eres en medio de la nada y como medio de transporte un bote de 6 metros de eslora y escasos 2 metros de estribor a babor. La marea estaba brava, por lo que nuestra velocidad era muy lenta, la rabeta se ladeaba como una hoja de papel.

Cuando estás tanto tiempo encerrado en un lugar te da tiempo a todo, desde conversar de cualquier cosa hasta quedarte ensimismado en tus pensamientos y eso, me pasaba continuamente.

— ¡Rambo!, me gustaría proponerte algo. Creo que sería muy interesante para la gente que nos vería a través del portal de facebook de Tómate algo y tu canal Amazona Rambo, el hacerte una entrevista y grabarla en vídeo, pienso que sería muy interesante descubrir ciertos asuntos personales relacionados con el Amazonas de un guía amazónico. — le propuse con la sensación de que aceptaría la propuesta. Efectivamente, Rambo asintió y yo seguí hablando. — Serían preguntas del tipo: ¿cúal fue el momento más peligroso que has vivido en la selva? ¿por qué te llaman Rambo? ¿qué te hizo llegar a ser guía? etc, algo así, preguntas sencillas y una entrevista corta y atractiva. — En ese momento comenzó a contarme anécdotas e historias. Por lo que en cuanto tuve la oportunidad grabé cada una de sus respuestas en una entrevista con final divertido, os dejo el vídeo más abajo.

Retrato de Francisco de Orellana realizado por Hernán Cortés

Retrato de Francisco de Orellana realizado por Hernán Cortés

El río Amazonas contiene una anécdota histórica para los españoles, en 1.537 fue conocido como río Orellana, ya que su descubridor resultó ser Francisco de Orellana, natural de Trujillo, un municipio de la provincia de Cáceres, este explorador y conquistador fue el primer hombre en capitanear una expedición que atravesase el río Amazonas de principio a fin. Orellana murió en 1.546 en un punto desconocido del río que descubrió por causas desconocidas, unos dicen que por malaria y otros por un ataque indígena.

Posteriormente, en las memorias de Orellana, dicen que venían recogidas todas las aventuras que estuvo atravesando por el Nuevo Mundo y escribió sobre el ataque que sufrieron de una tribu compuesta por mujeres guerreras que le opusieron una resistencia extraordinaria. Orellana, que era un enamorado de la mitología griega, comparó a esta tribu con las amazonas, originando de esta manera, el nombre del río más famoso del mundo entero.

Río Negro es uno de los afluentes más importantes de Amazonas con unos 1.800 kilómetros de longitud y debido a sus determinados minerales, corrientes y temperatura, la convierten en un río muy especial, con un mayor número de especies de peces que en el río Amazonas.

— Toma Antonio, pon este remo cerca tuyo. — me dijo Rambo a la vez que me hacia entrega del remo.

— ¿Es que tendremos que remar? —

— Posiblemente, esa zona que ves ahora es poco profunda y quizás tengamos que quitar la hélice y seguir remando. — Rambo era todo un experto, leía las aguas de una manera admirable. La zona a la que se refería Rambo era como una pequeña isla de arena que estaba en el cauce del río Negro, Rambo me contó que la playa que forma este pequeño trozo de isla se forma en esta época del año y la llaman la Playa del Amor, ya que los jóvenes aprovechan para visitarla e intimar. El objetivo era cruzar la isla por un canal que la atravesaba, donde la profundidad era escasa, cada vez se veía más y más arena y mis expectativas de pasar sin tocar el remo eran escasas. Rambo levantaba las hélices hasta la superficie y avanzamos lentamente, a veces sonaban las hélices tocar fondo y yo esgrimía un gesto de circunstancia.

— ¡Rambo! ¡creo que vamos a tocar fondo, nos va a tocar remar! — le vaticiné a Rambo con la idea de que no era necesario arriesgar tanto.

— ¡Yo creo que no, ya lo verás! — me contestó Rambo concentrado mirando las hélices y el fondo del río. Pasamos muy lentamente, los dos metros de vástago de la hélice estaban prácticamente fuera del agua y dejaban a su paso un surco de arena, pero en unos minutos y de manera agonizante, el bote pasó y los dos nos chocamos las palmas celebrando la destreza de mi guía.

— Antonio, ¿quieres esta noche caipirinha? — me preguntó Rambo.

— ¡Claro!, de hecho no la he probado todavía desde que estoy en Brasil. — le dije

— Pues hoy vas a probar la caipirinha Rambo. —

¡Rambo!

¡Rambo!

El que me conoce sabe que soy un amante de los amaneceres/atardeceres, me parecen una de las imágenes que en cualquier parte del mundo tienen algo especial y ninguno es igual a otro, pero el que tuve la oportunidad de ver la tarde de hoy fue espectacular, inédito completamente. El sol se fue ocultando bajo la sombra de la selva, sus últimos segundos de luz fueron acompañados por dos nubes que fueron cerrando el telón de lo que se convirtió en una bola de fuego, de un color bermellón tras una cortina de cielo rosado. En mi mente el tiempo se paró, dejé de escuchar el motor de la rabeta y sentí un escalofrío que se apoderó de mí,  las nubes terminaron por ocultar esa bola sacada del mismísimo infierno y yo desee que ese momento no terminara nunca jamás, ¿habría vuelto a sentir el síndrome de Stendhal?

Uno de los atardeceres más bonitos que he visto

Uno de los atardeceres más bonitos que he visto

Nos acercamos a una casa flotante a las orillas del río, me sorprendió que se viera una televisión, luces en el interior de la casa y mucha vida por su terraza. Era dos casas unidas entre si por maderas flotantes que vencen las crecidas del río, hacían a su vez de hogar y tienda de alimentación, recambios, etc., en su interior, vivía una familia de 12 personas., la familia Mora.

— ¿Quieres una cerveza Antonio? — me preguntó Rambo.

— Sería un placer, ¿cúal me ofreces? — no se puede decir que no a una cerveza en cualquier parte del mundo.

— Pues aquí tienes estas dos: Brahma y Skol. — me bebí las dos, estaba sediento y las dos me gustaron, rubias y frías, como mejor las disfruto.

Rambo saludó a los integrantes de la familia Mora, se notaba que es un clásico por estos lares y aquí todo el mundo se conoce a estas alturas del río, el portugués que practicaban era ininteligible para mi, así que estuve curioseando por los alrededores de la casa hasta que me tropecé con un niño que no tendría más de año y medio, estaba desnudo y mojado de haberse bañado en el caliente río. Al verme, se escondía tras una hamaca y salía de sorpresa para decir: ¡Buuu!, yo reaccionaba como si hubiera conseguido asustarme y a él le parecía muy gracioso el panorama, fue gracioso ver que pude comunicarme con calidad con un bebé y no pude hacerlo con ninguno de los adultos que estaban en la casa flotante.

Rambo compro la materia prima necesaria para hacer su caipirinha y nos montamos de nuevo en el bote, estaba ya anocheciendo así que me puse mi frontal del Decathlon y Rambo sacó una linterna que tenía muchos más lúmenes que la mía. El cauce del río se iba estrechando cada vez más y ya no se veía practicamente nada, comenzó a llover levemente y sólo la luz de la luna iluminaba el transcurso del río y de vez en cuando, Rambo alumbraba a la orilla y se divisaban dos puntos de luz en la oscuridad. — ¡Mira Antonio, jacarés! — me estaba mostrando caimanes en la oscuridad.

Encaró el bote hacia la orilla derecha del río donde ya se encontraban dos botes más, pensé que tendríamos que montar una rafia en mitad de la selva y que nos mojaríamos enteros durante el proceso, pero no fue así, recogimos todas nuestra pertenencias y seguimos un sendero que daba lugar a un campamento al que Rambo lo apodaba: Rambo Camping. Entramos a un comedor hecho de madera con hamacas en su interior, rodeado de bancos y mesas, justo cuando salió a nuestro encuentro un hombre delgado y fibroso, de unos 45 años de edad, más o menos la edad que tendría Rambo, se llamaba Dorian y era el socio y propietario de las tierras en las que estaba.

— Antonio, te voy a llevar a tu habitación, la vas a estrenar tu, estamos haciendo un lugar para que los visitantes puedan estar cómodos y disfrutar de esta aventura. — me dijo Rambo orgulloso. Todas las instalaciones estaban hechas de madera y mi habitación tenía una cama de matrimonio, luz, ventilador y un cuarto de baño/ducha, un lujo que no me esperaba la verdad, pero no protesté, a caballo regalado no le mires el diente, era feliz con todo lo que estaba viviendo.

Fuimos a cenar, en la casa vivía una familia, Dorian y su esposa, su hija y cuñado y sus dos nietas de 5 y 10 años. Mientras se preparaba la cena, las dos niñas me enseñaban libros de cuentos que tenían, que mejor pasatiempo para ambos mientras se hacía la cena que nuestra compañía. Pasé una cena muy agradable, en un lugar muy acogedor, refrescándome con mi caipirinha Rambo, de menú hubo espaguetis a la carbonara, el plato preferido de las niñas y estuve jugando con las dos pequeñas apostando a ver quién se comía más platos. Gané yo, por supuesto.

Si quieres ver el vídeo resumen de este día sólo tienes que darle al ¡play!…

Y si te ha gustado la historia no pierdas el hilo y continúa leyendo el siguiente capítulo:

“El día de la anaconda”

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