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Memorias del Amazonas: técnicas de supervivencia en la selva

Memorias del Amazonas: técnicas de supervivencia en la selva

21 de octubre de 2016

 Técnicas de supervivencia en la selva

Tenía la sensación de estar consumiéndome por dentro, este ritmo de vida amazónico me estaba dejando seco, un menú basado en proteínas e hidratos y los azúcares de las exóticas frutas que comía, me habían hecho bajar de peso notoriamente.

— ¡Comienza la expedición de supervivencia! — dijo Rambo mirándonos a todos. — ¡Los más pesados en la parte trasera de la canoa! — me miró a mi en esta ocasión.

— Yo soy el más pesado, ya lo pillo. —

Recorrimos el río Negro hasta llegar al mismo lugar donde encontramos al caimán que nos mostró Rambo, ahí dejamos el bote y nos adentramos en la selva. Al principio seguíamos un sendero,pero por momentos se perdía en la selva y Rambo comenzaba con su machete a limpiar la zona de telarañas y ramas que nos podían obstaculizar el paso. De repente, se detenía, cogía un trozo de palmera y sorprendentemente rápido afilaba la punta con su machete y nos explicaba su finalidad.

— Este tipo de palmera sirve para lanzar jabalina, los indígenas las utilizan para cazar. — Rambo pensó que sería divertido jugar a ver quien clavaba la lanza en un árbol que estaba a unos 10 metros de largo y por supuesto, ganó él, ¡hasta con la cara tapada! —

Seguimos caminando, Rambo era un sin fin de conocimientos de técnicas de supervivencia: platos hechos con hojas de banana, cucharas de palmera, nos mostró el árbol de donde procede el perfume de Pao Rosa, carísimo en el mercado, además, hojas que sirve como pizarra para dejar mensajes y el árbol asesino de Brasil, la castañera, que ostenta un buen número de muertes por la caída de su fruto (del tamaño de un coco) a gran altura.

— ¡Mirad! en este fruto habita un gusano, una larva, me sirvió de alimento cuando estuve perdido en la selva durante dos meses. — nos contaba Rambo mientras cogía uno de los frutos del suelo, lo partía con el machete dejando ver a una larva de color blanco del tamaño de un garbanzo moviéndose lentamente.

— ¿En serio? — le dije a Rambo.

— Antonio, ¡ahora vas a grabar como me lo como!. — me dijo Rambo. Comencé a grabar como me dijo y acto seguido se lo metió en la boca. — ¡La cabeza no se come, es malo comérsela, esta larva equivale a tres beef (ternera) y sabe a coco, ¿queréis probar? — nos preguntaba mientras se terminaba de tragar el manjar que iría ya por la faringe.

Al final, todos decidimos probarla y es que como suelen decir, allá donde fueras, haz lo que vieras, ¿no?, además, nosotros nos comemos otras cosas en España que en otras culturas se echarían las manos a la cabeza, como los caracoles por ejemplo (es lo primero que se me vino a la cabeza).

— ¡Venga Rambo! ¡Ya está grabando, ahora me toca a mi! — le dije mientras le pasaba la cámara. Tenía mi almuerzo en la palma de la mano, se movía y era la primera vez que me comía algo vivo. — la comida son recuerdos y este plato, no se me olvidará en la vida. — le dije a la cámara mientras me metía el gusano hasta la cabeza, la cual mordisquee y tiré al suelo.

— Mmmm, sabe a coco, ¡increíble! ¿lo has grabado Rambo? — le pregunté mientras cogía la cámara.

— ¡Si, si! — me respondió. Pero no fue así, apagó la cámara antes de grabarme y no pude inmortalizar el momento a menos que, ¡me comiese otro gusano!, no tuve más remedio que repetir el primer plato del menú. Dos larvas equivalían según Rambo a 6 trozos de ternera, me vendrían bien para ir cogiendo algo de peso.

Rambo cogió una rama del suelo, medía medio metro al menos y se fue hacía un montículo de tierra que había a nuestro alrededor, de él salió a saludarnos una tarántula pájaro como la que vi con Flavio el segundo día, en grande como la palma de una mano de tamaño medio y muy peluda.

— ¡Cuidado!, no acercaros mucho, está soltando pelo de sus patas, ese pelo es irritable al tacto. — nos dijo Rambo. Max, Clara y Dolça se dedicaron a contemplarla más de cerca, yo preferí verla a la distancia, creo que estos bichos son los que más me asustaría encontrarme.

Tarántula pájaro

Tarántula pájaro

El guía pirata

Volvimos hacia el bote, habíamos consumido casi toda la mañana y Clara y Dolça tuvieron la grata idea de hacer en cocina una tortilla de patatas para la familia de Dorian, así que nos dirigimos hacia el campamento.

Teníamos pocas patatas pero mucha cebolla y huevos, así que nos transformamos en cocineros para hacer una tortilla de patatas que no fue la mejor de nuestras vidas, pero se le puso todo el cariño del mundo y al final quedó buena.

La familia Mora, Rambo y los españoles comiendo tortilla de patatas

La familia Mora, Rambo y los españoles comiendo tortilla de patatas

Aproveché para irme a escribir a mi cuarto y dormir un poco la siesta. Al despertar, estaban todos en el salón y el ambiente estaba un poco cargado y tenso, algo había pasado y no me había enterado de nada.

Por lo visto, Max, Dolça y Clara contrataron por mediación de un amigo, a un guía para estos días llamado Maxim, ellos pagaron a él 400 reales por persona por las actividades de 4 días (de jueves a domingo). Finalmente, Maxim no pudo atenderlos y se puso en contacto con Dorian para que este fuese su guía, hasta ahí todo bien, el problema resultó cuando Maxim queda con Dorian para hacer el trato y sin que se enteren sus clientes, engañe a todos dándole a Dorian 300 reales por todos ellos para dos días. Ahora se encontraban con el fin de sus actividades y Dorian con el problema de tener un socio de guía pirata.

— No os preocupéis, ¡estáis con Rambo! — les dijo en tono conciliador. Pero Max tenía en mente a su guía pirata.

— ¡Mirad!, yo me comprometo cuando vaya a Manaos el domingo de hablar con el amigo que conoce a este pirata, le diré que le vamos a denunciar a la policía y se lo diremos a la agencia de viajes para que sepa que clase de guía tiene. Y si consigo nuestro dinero el pagaremos el resto Dorian. — Hubo acuerdo por ambas partes y el malestar no duró mucho más tiempo, Rambo zanjó el tema.

— ¡Nos vamos a ir a que conozcáis La Playa del Amor y nos bañaremos allí! —

— ¡Buena idea! — dijimos todos.

La Playa del Amor

Dorian y Rambo nos llevaron a una playa que durante la época de lluvias desaparece por completo por la crecida del río y que, en estos meses se deja ver para que las parejas intimen en sus arenas. La isla hacía una lengua de arena, donde dejamos el bote y nos bañamos sin peligro, a pesar de las pirañas, caimanes, rayas y serpientes que debería de haber en esos lares.

Cerca nuestra revoloteaban dos pájaros que se nos lanzaban a la cabeza cuando pasábamos cerca de sus polluelos postrados en la arena. Teníamos que ir con palos y mirar de vez en cuando al cielo para intentar esquivar como bajaban macho y hembra a gran velocidad a nuestras cabezas, aunque siempre iban a por Dorian, creemos que fue por el color rojo de su camiseta que les llamaría la atención.

Los polluelos de La Playa del Amor

Los polluelos de La Playa del Amor

El baño fue ameno y diferente, cerca de la orilla y con mucho respeto por lo que pudiera acercársenos. Por petición popular, se le pidió a Clara que nos mostrase una espontánea coreografía de sus dotes como nadadora de sincro, diría que Amazonas nunca ha sido escenario de una exhibición tan armoniosa como la que nos deleitó esta medallista olímpica.

Borrachos en el Amazonas

Así es como terminé mi etapa amazónica, he soñado mil y una veces con estar en este sitio, pero lo que nunca habría imaginado es que me adentraría en la selva desinhibido por las caipirinhas de Rambo.

Volvimos al campamento para organizar nuestra última noche en la selva y en el hall,  mientras Rambo preparaba una jarra de caipirinha que nunca acababa, estaba delicioso y bien fresco. Esta sería nuestra última noche juntos, mi última noche en la selva y con el transcurso del tiempo, todo nos parecía más gracioso y divertido. Max puso música  brasileña, las niñas bailaron con nosotros al son de la música, Dolça intento enseñarnos a Max y a mi posturas de acroyoga, mientras Clara no paraba de hacer estiramientos, defecto deportivo profesional imaginé. Hubo un momento de unión muy bonito al que se unió Rambo, quien me retó a hacer flexiones a una mano, un concurso de 30 flexiones a una mano, quien llegase a esa cifra, ganaba. Rambo comenzó primero, es un hombre muy fuerte a sus 45 años largos, como suele pasar, comienzas fuerte y rápido pero terminas pidiendo la hora las últimas repeticiones. ¡Llegó a 30!. Era mi turno, hacía tiempo que no entrenaba este tipo de flexión, adopte la misma postura que Rambo, separe las piernas, mi brazo débil detrás de la espalda y comencé a subir y a bajar con buen ritmo, en poco tiempo superé las 20 flexiones, pero llegando al último momento, en la flexión 29 toque el suelo con el pecho y ya no pude levantarme, ¡había ganado Rambo!

— ¡Podías haberme ganado Antonio! — me dijo Rambo dándome la mano.

Me acerqué a su oído, le puse una mano en el hombro y le dije sonriendo. — ¡Rambo es Rambo y no puede quedar segundo! —

Nos pusimos en marcha, nos montamos en un bote todos y nos dirigimos a la selva riéndonos, como si estuviéramos de excursión por cualquiera de nuestros montes, sin ser conscientes de los peligros que hay en estos lares, sin hacer caso a los riesgos del Amazonas, estábamos contento y feliz de estar ahí, de eso si era consciente.

Cuando fuimos a darnos cuenta, Rambo nos había puesto las hamacas entre los árboles y había hecho un fuego, teníamos de cena pollo al fuego amazónico y de beber una piña hueca bañada en caipirinha. La noche propino entre Max, Clara y yo una de las conversaciones que quisimos evitar durante estos días, pero que gracias al alcohol salió a relucir: la independencia catalana. Fue interesante conocer otros puntos de vista, cada uno mostró sus cartas unidos por la caipirinha que nos íbamos pasando unos a otros.

Max saltando la hoguera en Amazonas

Max saltando la hoguera en Amazonas

XIAOYI

Cenando pollo y arroz durante la noche en la selva

22 de octubre de 2016

Resaca en el Amazonas

Lo único que recuerdo es que caí en mi hamaca sin mosquitera, escuchando el croar de los sapos y dormí del tirón hasta que sonó mi alarma particular a las 03:00 am, mi alarma fue Rambo:

— ¡Antonio! tenemos que marchar, son las 03:00. —

Sentí que en mi cabeza era una mina donde cientos de mineros picaban con ganas buscando las neuronas que no encontrarían en ese momento nunca, tenía una resaca increíble, ¿estaba en el Amazonas resacoso?, eso si que no me lo esperaba, descubrí ahí que existe otro peligro en el Amazonas: la caipirinha.

Recogí mi hamaca y el resto de mis pertenencias y me marché al bote. Me senté solo en la parte de atrás de la embarcación y me puse las manos en la cabeza, ¿llevo el frontal puesto?, había dormido con el frontal en la cabeza. En unos minutos llegó Rambo con el resto del grupo.

— ¡Hombre Antonio!, ¡si estás ya aquí! — dijo Max mientras subía al bote y sentaba a mi lado.

— …me quiero morir. — le dije mirándolo la peor de mis caras.

Fuimos al campamento, tocaba despedida, fueron tres días donde me sentí integrado en un grupo que me dio gusto conocer, les desee lo mejor del mundo:

— Ha sido un placer conoceros chicos. —

— ¡Corto pero intenso Antonio! – dijo Max.

— Estamos en contacto vía facebook, suerte a cada uno de vosotros en sus nuevos caminos. — les dije mientras me marchaba con Rambo, poníamos rumbo a Manaos.

El regreso agónico al aeropuerto

Rambo lo tenía todo programado, pero yo estaba nervioso a la vez que muerto en vida, mi avión salía a las 12:20 horas y eran las 4:00 am, en teoría tenía tiempo más que de sobra, pero estaba en el Amazonas en un bote recorriendo río abajo sin tener mucha idea del tiempo que nos demoraría, mínimo unas 3 horas de travesía, luego dejaríamos el bote en la aldea de Rambo para coger un taxi desde allí, que me llevaría hasta Flavio para recoger la cerbatana que me prometió, desde allí hasta el hotel donde dejé mi mochila con el ordenador portatil, el dinero del viaje y el resto de mis pertenencias, ¿seguirían allí?, fue un regreso agónico, y ya veréis por que.

Rió Negro abajo, a favor de la corriente, tenía de mi lado ese plus de velocidad. El primer inconveniente fue el llegar a la Pousada y no encontrarme con Flavio, no estaba por ninguna parte, encontré a un compañero suyo y me dijo que estaba en su casa, ¿en su casa? ¿dónde vive Flavio?, bajé de nuevo corriendo hasta el bote y le dije a Rambo lo mencionado, así que sin decirme nada más, me dio el ¡ok! y seguimos navegando.

Resaca en Amazonas

Resaca en Amazonas

Aproveché para descansar un poco, tumbado en el bote de la manera más cómoda que pude encontrar y dormité algo, pero estaba angustiado, mareado y para colmo empezaron a venirme los sudores de la muerte, no aguantaría mucho tiempo.

— ¡Rambo! no aguanto. — me entendió perfectamente al verme la cara.

— ¿Tienes papel? —

— ¡Sí!, en la mochila. — todo viajero debe de tener papel higiénico preparado a mano.

Rambo se fue acercando a la orilla de una playa parecida a La Playa del Amor, el bote parecía que no iba a llegar nunca y cuando más cerca estaba más angustia tenia. Salté del bote en marcha y corrí hasta esconderme lo suficiente para tener algo de intimidad, mi relación con la selva era ya totalmente natural.

— ¡Rambo! ¿cómo vamos de tiempo? — de vez en cuando le preguntaba a Rambo para saber si tenía que preocuparte, pero siempre me contestaba con la señal de: ¡ok!

Fue bonito ver el amanecer, algo que me faltaba por experimentar. Nos llovió un poco, lo que agradecí para despejarme un poco y refrescarnos antes de que saliese el sol abrasador.

Llegamos a terreno Rambo, aparecieron a verse por la orilla, casas flotantes que se unían entre si por cabos y maderas. Allí vivía Rambo con su familia, una de las tantas que tiene claro. Amarramos el bote en uno de los laterales de la casa flotante y Rambo recogió todo, hasta la hélice y motor, que dejó en el porche de la casa. Lo seguí andando sin mediar palabra, con mi mochila, cargado con toda la tecnología, cruzamos un tablón de unos 10 metros de largo con la anchura suficiente para mis dos pies, en ese momento pensé que un mal paso me haría caer en el mar y mojaría todo el material audiovisual que había ido recolectando durante esta semana. Me concentré al máximo, olvidé lo nefasto que soy para guardar el equilibrio y me convertí por segundos en un funambulista, ¡superé la prueba!

Cruzamos el poblado que tenía decenas de casa alrededor de unas cataratas donde se bañaban los niños, Rambo me contó que ese baño solo lo tenían 4 meses al año, ya que con la crecida del río se pierde el baño por su peligrosidad. Allí un taxista nos esperaba:

— Rambo, tienes que renovarte el carnet de conducir para no depender más de nadie. —

— En febrero lo tendré seguro, va muy lento aquí este sistema. —

Se me hizo raro cambiar el agua por la tierra y montarme en un coche cuando mi medio de transporte estos últimos días fue un bote. Pero cada vez estaba más cerca del aeropuerto, ¡no me apetecía para nada perder el vuelo! (otro no).

Los camino de tierra que nos metimos con ese Nissan Versa  destartalado fueron rompe crismas, pensé que el coche no soportaría los socavones que estábamos encontrando, el tiempo avanzaba y el vuelo saldría en hora y media, aunque nuestra siguiente parada sería la casa de Flavio, él vivía apartado de la aldea, en un a casa en obras muy grande de color azulado.

— ¡Mi amigo Antonio, ¿cómo fue la aventura? — me dijo Flavio, que estaba arreglando un techo de la parte de atrás de casa.

— ¡Ha sido brutal Flavio!, me alegro de verte. —

— ¿Vienes a por tu regalo? — me dijo con su incansable sonrisa.

— ¡Si!, ¿lo tienes por aquí? — le pregunté esperanzado de que estuviera listo.

— Lo tengo a medio, ¿tienes 15 minutos? — le preguntó a Rambo.

— ¡Si, vamos bien de tiempo? — contesto mi guía. Confiaba 100% en mi héroe amazónico, pero mi instinto me decía que estaba entrando en la reserva de mi tiempo.

Flavio dejo lo que estaba haciendo, entro a su casa y salió con el trozo de palmera que días antes corto para mi, estaba medio hecho, una de las puntas estaba forrada de caucho (del árbol del caucho, seringueiro o borracha), desde ese lado se lanzan los dardos que están colocados en un porta dardos en el otro extremo. Flavio pego el porta dardos quemando un trozo de corteza de árbol que soltaba un liquido que tiene unas propiedades equivalentes al pegamento. Fue cierto, tardo 15 minutos en terminarme la cerbatana, que no llegó ilesa a España, pero aparece como un souvenir ideal en el salón de mi casa.

Una auténtica cerbatana indígena

Una auténtica cerbatana indígena

Me despedí de Flavio con mucho afecto y proseguimos la marcha, sólo quedaba una última estación antes de llegar al aeropuerto, el tiempo se me echaba encima y tenía que recoger mi mochila en el hotel donde me aloje la primera noche. Allí debería estar mi mochila, en el cuarto de la limpieza, pensar en que la chica de la limpieza me hubiera limpiado mis cosas me ponía de los nervios, el trayecto fue emocionante.

Reconocía la calle por donde nos metía el taxista, era la calle del hotel, Rambo salio del coche y yo detrás de él, subimos las escaleras y la recepcionista se entrevisto con Rambo, salió del mostrador y nos acompañó al cuarto de la limpieza, abrió con llave la puerta y allí estaba ella, aparentemente estaba todo, mi ordenador, dinero, documentación, ¡todo!.

— ¡Ok! ¡vayámonos! — le dije a Rambo.

Eran las 10:30, iba con el tiempo suficiente, ya estaba en Manaos y el aeropuerto no podía estar muy lejos. Tuve que organizar mis dos mochilas en la parte de atrás del coche, preparando mi mochila a facturar y la que tendría de mano, repartiendo cada cosa en su sitio y ¡por fin llegamos a la meta a tiempo!, estaba en el Aeropuerto Internacional Eduardo Gómes, el aeropuerto de Manaos.

— Rambo, muchisimas gracias por todo, me ha encantado conocerte, espero repetir pronto otra aventura contigo. —

— Claro que si amigo, en junio nos iremos al monte Roraima en Venezuela, serán 15 días de aventura. —

— Eso está hecho, ¡ah por cierto!, le prometía Flavio unas gafas Hokana, dales las mías por favor. — Rambo asintio, nos abrazamos y se metió en el taxi.

Me di la vuelta cargado con mis dos mochilas, mire la puertas del aeropuerto, las crucé y dejé atrás la mayor de mis aventuras, descubriendo sensaciones, rompiendo miedos y barreras, expandiendo mi mente, con  la idea de que había estado en un lugar que te atrapa , que es capaz de darte la vida y a la vez quitártela, pero que si estás con alguien en quien confiar, como Rambo, puedes vivir la aventura de tu vida.

Te lo agradezco

Quiero darte las gracias, querido lector, por haber dedicado tu preciado tiempo para leer estas líneas, espero que te hayan divertido y sobre todo que te hayan encendido una pequeña bombilla acerca de este asombroso lugar.

Y si te merece la pena, comparte mi experiencia a quien pienses que le gustaría sentir una experiencia así, ¡obrigado!

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